Una historia de amor
A Roberto Arlt
El otro día, mientras
“ambientábamos” (tal es la forma de referirse, de parte de los pibes de
Cosquín, al acto de esperar afuera del recital, tomando un ferné o una cerveza,
escuchando rocanrol y deseando entrar al predio) afuera del Cosquín Rock, con
el Fede (más conocido como “Cabeza”), llegó un pibe presentándose de forma
curiosa. Estábamos tomando una fresca, echando humo y comiendo un cono de
papas fritas bien fritas, de esas que te dejan una huella de aceite en el
transcurso de la boca al estómago. Este pibe, llegó saltando y balbuceando
palabras prácticamente indescifrables.
Hasta que, en un momento de lucidez, pudimos captar lo que decía: “soy un mono, soy un mono”.
Al principio reímos, no entendíamos muy bien lo que pasaba. El pibe, se sentó a nuestro lado y empezó a hablar, un poco descoordinado, sobre cosas –aparentemente- incoherentes.
Hasta que, en un momento de lucidez, pudimos captar lo que decía: “soy un mono, soy un mono”.
Al principio reímos, no entendíamos muy bien lo que pasaba. El pibe, se sentó a nuestro lado y empezó a hablar, un poco descoordinado, sobre cosas –aparentemente- incoherentes.
Es necesario hacer un paréntesis
a la historia y comentar que este tipo de situaciones son características del
festival. El encuentro multi-cultural, el escuchar otras voces de Otras
personas, compartir una birra y un faso, charlar sobre alguna anécdota pasada
en otro recital, cantar una canción abrazado de alguien que apenas hace cinco
minutos era un desconocido. La magia de lo extraño, lo diferente, se une, nos
une en un grito que, ansioso, busca absoluta libertad. Es aquí, donde la
añejada canción de Bersuit que reza: “un
auto es más acariciado que un hombre extraño” queda completamente anulada,
despreciada. Es aquí donde la gente es,
donde la gente, absorbida por la inmensidad y el misterio de las montañas, se
entrega al placer. Es aquí. Rio y Rock.
Volviendo a nuestra historia…
Luego de algunas palabras más, de un trago por aquí y otro trago por allá, le
pregunto al pibe:
- - che… y vos ¿de dónde venís?
- - de la concha de la lora.
La respuesta me pareció tan
sincera que me sentí bien, me sentí acompañado, olvidé la soledad y cedí a la
maravilla de una conversación que fluye.
Nos dice:
- Pasa que no sé cómo hablarle a la mujer que
quiero.
- ¿Cómo no sabes?
- Me pongo nervioso.
Había llegado a nosotros
presentándose como un mono, pero, abriéndonos su corazón dejó al descubierto su
trágica Humanidad. La Humanidad de pensarlo todo, lo Humano de sentir miedo, de
no decir lo que queremos decir; de complicarlo hasta hacerlo imposible. El pibe,
al parecer, estaba en busca de un
consejo de amor.
Relatando con desconsuelo, con
ganas de gritar y mirando para otro lado, desembuchó: “Yo soy un callejero, ando por la calle… piba, ¿No te das cuenta cuando
te miro a los ojos lo que siento por vos? ¿No ves cómo me pongo?”
Nos miró a los ojos por primera
vez, y nos dijo:
-
¿Hacen
falta las palabras?
Yo quedé mudo. Pensando
dolorosamente en la imposición del lenguaje y las limitaciones que nos provoca.
Pensando en este pibe Callejero, que va dando vueltas por la vida, gambeteando
el dolor y la “lija”, esquivando los malos tragos de la Civilización. ¿Quién no
sufre por amor? ¿Quién no se muere de dolor? ¿Por qué había llegado este pibe a
mi lado, entre miles de personas, a decirme esto?¿Qué había detrás de este,
para nada casual, encuentro?
Nos pregunta, luego de comer a
velocidades cósmicas las papas fritas:
- - ¿Qué puedo hacer?
El Cabeza, bicho chamuyero,
conocedor de la trampa y la noche, le responde: Deberías probar con invitarla a
pasear, a meter las patas al rio, a tomar algo tranquilos, y vas a ver como las
cosas se van dando y vas a poder decirle lo que te pasa. A lo que responde:
- - Pero cuando la veo (se agarra el corazón y
exclama con cara de sufrimiento) aghghghhgghhg, me hace así acá adentro y no
puedo hacer nada…
A todo esto, llega un amigo del
pibe, en dudoso estado de sobriedad, y se nos une. El mono, cambiando
rápidamente de actitud, saca a relucir un nuevo personaje: ya no podía mostrar
la debilidad con la que se nos había arrimado amistosamente a conversar, ya
debía ser (lo que se dice un Hombre) y no aparentar sensibilidad. Y no sufrir por
amor. Y no tener miedo. Debía volver a ser un tipo que “está muy bien así”. Un
Macho.
Con el correr de los minutos
decidimos irnos, ya que era tarde y nos pegábamos la vuelta pa la casa del
Cabeza. Los pibes siguieron su rumbo, acompañados por un vino caliente que
hacía olvidar el hambre. Nosotros también seguimos nuestro camino, conversando
sobre lo raro y no tan raro de aquella situación. Yo, dentro de mí, pensando en
lo lindo y sensible, en lo mágico y loco, en lo simple y descabellado que todxs
tenemos adentro. El pibe seguirá sufriendo su falta de amor, el pibe seguirá
caminando, seguirá siendo mono. Quizás, algún día, encuentre la exacta palabra
para definir lo que siente su corazón. Quizás ese día nos enseñe a nosotrxs,
simples Humano-tontos, el camino para salir de este nubarrón.
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