Entonces Colque me dijo:
- - La cabeza se me descontrola y maneja mi cuerpo.
Tengo algo ahí – señalándose con el índice la cien, como esperando darse un
disparo –, y repitió: entra a mi cuerpo por todos lados; pero no soy malo, yo
no soy demoníaco, soy buena persona.
Antes era gordito, pero ahora la cabeza no
me deja comer. Piensa, piensa, piensa. Nada más piensa.
- - ¿Qué te pasa Colque? ¿Por qué no pensás en cosas
buenas?
- Escuchame a mí, dejame hablar - Levantó la voz, mientras una baba caía de su boca, acompañada de un
poco de choripán: ¡No quiero pensar en el suicidio!
- - ¿Qué suicidio?, murmuré con vergüenza.
- - ¿Acaso vos no ves?
- - ¿Qué cosa? Le
pregunté, confundido.
Me miró a los ojos. Me miró con sus ojos repletos de soledad. Con sus pupilas colmadas de pastillas, de recetarios, de psiquiatras, y psicólogos, y represiones. Con su mano que tirita. Me miró a los ojos como gritando. Como reventándome la cara a trompadas. Como revoleando un último suplicio. Como deseando libertad, vuelo, llanto, abrazo, suspiro. Me miró a los ojos y susurró:
- - Yo no soy una mala persona.
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