Esos labios llevan consigo
la virtud
de ser los más acogedores.
Allí podrían vivir, sin frío
y sin miedo,
un cardumen de peces
dorados.
Y sentir la libertad que
brinda
el océano más gigante y
demencial.
Saltarían desnudos, desde un
extremo de tu boca
hacia el otro.
Felices, hermosos, vivos.
Serían capaces de esquivar
las vidrieras cuasi zoológicas
que los dejan vacíos e
incompetentes.
Con suma verborragia
humillarían a los demás peces:
marrones, naranjas y verdes,
todos imposibilitados de
acariciar y bailar sobre
la carne suave y reluciente.
Gritarían al más allá, peces
dorados y orgullosos:
estos labios, ¡sí que son
acogedores!
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